Por Pablo Saavedra, columnista de Huachipato en Titular

Era sábado y, como de costumbre, fui al estadio a ver a Huachipato. Jugábamos contra Valdivia, la revancha de un partido que allá habíamos ganado, o sea, fui porque soy hincha más que nada, no porque el encuentro fuera atractivo.

Las entradas rozaban la desfachatez, considerando que el duelo se podía catalogar como clase C, pero lo que pasó en la cancha me dejó agradablemente sorprendido. Más bien, un pendejo que estuvo en cancha justificó el valor de la entrada. Entró al segundo tiempo y se apellida Soteldo.

Sin la cobertura que le dan a estas megaestrellas jubiladas que vienen a un medio menos competitivo para destacar, aparece él: callado y humilde, pese a ser subcampeón del Mundial Sub-20 con Venezuela.

Entra en los últimos 45 minutos y después de estar un rato pegado al celu, una jugada suya me hace volver a poner atención en el juego.

El crack empieza a tirar magia y el visitante, en su desesperación, ayuda a que el pequeñito destaque aún más. Soteldo se equivoca, la pelota se le enreda entre las piernas y, no sé cómo, al segundo después la pelota vuelve a estar delante suyo. La echa a picar y no hay quién lo pare. Es desequilibrante, marca la diferencia. El lado izquierdo de los forasteros tiembla y nuestro costado derecho se afirma. Una y otra vez el cabro chico hace lo que quiere.

Pasa el tiempo y ya un gol se le hace apremiante. Una jugada le llega al pie y, pese a lo negativos que fueron sus anteriores intentos, vuelve a intentarlo. Con un picotón mete la redonda en el arco y el escaso público del CAP (851 personas) aplaude a un pendejo que se colocaba la pelota dentro de la camiseta: ¿Va a ser papá?

Termina el partido que -el CDF no transmitió- y concluye la labor de un jugador que no saldrá en Fox Sports ni en los diarios nacionales, se acaba un match que tuvo cuatro goles y que pude ver, gracias a Dios, en primera persona.