Por Ariel Olivares, columnista de O’Higgins en Titular

Se terminó. La renuncia de Arán simbólicamente fue un reflejo de sus decisiones al borde de la cancha como técnico: a destiempo, inoportuna, tardía (cuántas veces escribí sobre su falta de visión a la hora de hacer los cambios). Su proceso venía en caída libre hacía rato y el único que no lo veía era él, pues cada torneo en que estuvo al mando del equipo fue peor que el anterior, hasta llegar al fiasco de los últimos meses en que cada pre y postpartido era sentarse a escuchar la excusa de la semana y promesas de mejoras que nunca llegaron. Después del decepcionante final del torneo Clausura 2017, y la no menos dolorosa eliminación de la Sudamericana ante el rival más mediocre que nos podía tocar, como Fuerza Amarilla (penúltimo en su torneo, el último partido que ganó fue precisamente a nosotros), lo único que cabía era dar el paso al costado, era evidente que los jugadores no estaban respondiendo y que el proceso se encontraba agotado y en un punto sin retorno. Era cosa de ver las declaraciones que se daban en la semana por parte de los jugadores, promesas de esfuerzo extra, de salir juntos del bache y todas esas frases cliché que se emiten cuando las cosas van mal, pero que no tenían correlato en la arena, donde cada vez se veía un equipo más desarticulado, apático, inofensivo y desmotivado, repitiendo y profundizando los mismos errores de todas las semanas, un verdadero absurdo en la cancha.

Y es que Arán nunca tuvo la impronta de un “Mataor”. Basta con hacer un recuento de las múltiples definiciones perdidas, lo que no es casualidad, por el contrario, habla de un técnico que no supo imprimir en su equipo la frialdad necesaria para alcanzar la victoria, aún cuando las condiciones eran completamente propicias. Aún duele esa estrella que se escapó en nuestro estadio contra la U de Conce, las tempranas eliminaciones en Copa Sudamericana ante rivales abordables, los invariables fracasos cada vez que el equipo se ponía a tiro de cañón en los dos últimos campeonatos. Todas esas oportunidades dilapidadas fueron mermando la confianza, al punto de llegar al esperpento que se paraba en cancha en los últimos tiempos.

Supongo que no es fácil para un técnico en estas circunstancias asumir que llegó la hora de partir, continuando en el cargo hasta que el peso de los hechos se hiciera insostenible, sin embargo Arán eligió el momento más inapropiado para hacerlo, y en esto obviamente también la dirigencia tiene gran parte de la responsabilidad al no tomar decisiones en su debido momento permitiendo que esta situación se prolongara, perdiendo la posibilidad de iniciar un nuevo ciclo con el tiempo suficiente para elegir técnico, y para que este se insertara en el club contando con el margen adecuado que le permitiera conocer a los jugadores, participar en la elección de los nuevos e implantar su esquema de trabajo y juego.

Porque independiente del bálsamo que significa el triunfo ante Santiago Morning y la clasificación a la siguiente ronda de Copa Chile, la renuncia en la antesala de este partido y apenas jugada una fecha del Transición, dejó en muy mal pie al club, obligando a improvisar un DT a dos días de un partido importante, y para un torneo que dura un suspiro.

Queda nada más que agradecer el tiempo y el trabajo entregado, desearle lo mejor en lo que venga para él, dar vuelta la página rápidamente y recomponer el juego para no pasar apuros a final de campeonato.