Por Marcelo Gómez.

Fueron quince minutos de infarto. Las Eliminatorias Sudamericanas tuvieron un final de colección y Chile hizo lo que debía: ganarle a Ecuador en el Monumental. Esto, sumado al enésimo arrugue de la selección colombiana y el tremendo empate que Perú le sacó a la Argentina de $ampaoli, que ponen a Chile tercero en la tabla, a una fecha del final; jornada que será para alquilar palcos y desfibriladores por doquier.

El 1T de ayer partía dubitatitvo. Chile comenzaba tocando lateralmente y sin profundidad ante un cerradísimo Ecuador, que sólo apostaba a jugar al pelotazo largo, un pivoteo de sus potentes delanteros y aprovechar la segunda pelota. La cancha no ayudaba al juego de Chile ya que los nuestros no hacían pie ante el césped resbaladizo. ¿Quién manda a regar una cancha ya mojada en un partido como este? Con el campo de juego así, la ventaja era para el visitante por razones muy simples: Chile era el que tendría el balón mayor tiempo, por ende quedaría más expuesto a un mal pase o a resbalar (lo que ocurrió) y, al Ecuador cerrarse, para La Roja no servía de nada que la pelota fuese aún más veloz en espacios tan bloqueados por las dos líneas de cuatro; mientras que la potencia física de los del Guayas era más propicia a sacarnos cuerpos de ventaja en los constantes mano a mano que se tuvo con la defensa. Cualquier mínimo detalle puede definirte si sacas pasajes o no a Rusia; si hasta Bravo como nunca sacaba largo y alto en un saque de meta para prevenir malas salidas.

El gol de Vargas calmó ansiedades, y posterior al gol apareció lo mejor de Chile en el partido, comandados por un Valdivia que, sin ser brillante, ordenó el ataque chileno: metía pases entre líneas, entregaba el balón a los costados en el momento correcto para que los laterales quedaran a pie de centro, y hacía que Sánchez sólo se preocupara de generar futbol desde tres cuartos de cancha en adelante. Una combinación de ambos terminó en un remate de Mena que rozó el vertical.

El 2T fue, como resumen, malo para Chile. Lo tuvo Valdivia en un cabezazo, y lo tuvo Tucu Hernández (el mejor de la cancha), pero nada más; lo más preocupante del descenso en el nivel de juego de la Selección radica en que, cuando por nivel Chile está mucho más arriba que el rival y debe ganar contundente, no lo hace: a veces se pone a pichanguear y cancherear como en el amistoso como Rumania, a veces andan con la cabeza en cualquier lado como la fecha pasada, y a veces los nervios hacen que se falle en la definición, y el pase queme como ayer. Conforme avanzaba el tiempo los pases errados aumentaban, los receptores de pase se distanciaban de quien tenía la pelota, echando de menos esa triangulación que tan bien hacía el equipo. Ecuador comenzó a ganar terreno con nada de futbol, y demos gracias que jugadores como Garcés le pegaban sin son ni ton al arco, arruinando ataques visitantes.

Los nervios crecían, venía la tonta amarilla de Vidal (¿cómo nadie del cuerpo técnico le recalca que es el mejor hombre del equipo y el más expuesto a la suspensión?) y el equipo cayó en un pozo que Ecuador aprovechó a los 83′. La feble marca de Jara y Mena le dejó a Ordoñez el espacio perfecto para centrar  y que Ibarra pusiera el 1-1. Todo se iba al carajo, pero dos minutos después un canchereo ridículo de la defensa amarilla y un Vidal que veía el Mundial irse, generaron una opción de la nada, Gutiérrez que fusila y el rebote le cae mansita a Alexis, el hombre iluminado para salir siempre en la foto, y el 2-1. Un grito de desahogo, que da tres puntos, pero no calma.

Sigo creyendo que la mejor versión de este equipo está para pelear 4tos de final de un Mundial. Un Mundial al que deberíamos haber clasificado hace rato. Este martes que viene era para sentarse en un reposera, relajarse y mirar la carnicería que será la última fecha eliminatoria. Pero elegimos sufrir gratis: hay que ir a Sao Paulo a jugar a cara de perro con Brasil; un empate nos deja el menos en repechaje salvo una combinación rocambolesca de resultados. La ilusión por clasificar es enorme así como las dudas que se genera por el rendimiento y las decisiones del cuerpo técnico al que se le ve desorientado. Un partido como el de ayer no te lo va a solucionar jamás un Martín Rodríguez o un Felipe Gutiérrez desde la banca (qué son esos cambios por favor), tenemos laterales que no son capaces de enviar un centro a la cabeza de un compañero y dudo mucho que eso cambie en tres días. El partido en Sao Paulo es un partido no sólo de jugadores sino que de hombres. Es una prueba de carácter y solo los que tengan el temple acorde a la situación, son los que tienen que entrar como titulares.

No hay términos medios ahora: es plata o plomo. O lo vemos por televisión en junio, o somos testigos de la última opción de gloria de esta generación.