Por Marcelo Cheloi*

En el balcón del departamento ayer tipo 19:30 salía ese viento típico de estos días en los que la primavera empieza a sentirse. Una brisa media helada tipo desierto, pero en la costa de Antofagasta, lo que me hizo pensar en el frío del Monumental. Mientras, el tele prendido en el canal Movistar Deportes escuchando la previa de Argentina-Perú al mismo tiempo que miraba el sol desaparecer en el horizonte quemando en el bong, agradecido porque la antena satelital que instalé me permitiría mirar el partido de mi elección. Me parecía que era lo único que podía hacer como amante del buen fútbol. Ser tan futbolero quizás es mi gran defecto. Hace que habite en mí más la amargura que la felicidad cuando hablo sobre Chile.

Saber tanto de fútbol no tiene que ver con estudios sobre la historia o por un fanatismo ilógico por los números que siempre deja la sobrevalorada estadística. Poco importa eso cuando hablamos de quienes saben del deporte y de lo que pasa a través de la observación analítica seria durante noventa minutos. Ser futbolero genera problemas en Chile. La gallada enferma que compra La Cuarta y LUN para informarse también. Ellos son el drama. No saber de fútbol es como no saber pelear con tus puños en la calle. Es algo básico, y el hecho de entender algo tan bien naturalmente, es sinónimo de rareza en este ambiente tan pequeño de mente cuando hablamos de periodismo y de sus próceres que han hecho carrera durante años mintiéndole a la gente alimentando una excitación por la selección chilena, que ha sido un nicho donde el poder hegemónico ha hecho su trabajo a la perfección, instalando en el pueblo el sentimiento totalmente inexacto de lo que significa ser patriota.

Ahí aparece otro drama de ser futbolero. No veo fútbol porque mis sentimientos dicten un falso amor por una camiseta o un color en especial. Es lo que siento por el deporte lo que comanda mis preferencias. Amo el fútbol y se me hace fácil desmenuzarlo. Se me hacía fácil jugarlo y ahora se me hace más fácil comentarlo. Chile se encontró con un momento en el universo que está durando lo mismo que un fósforo encendido. Una fama efímera que por algunos segundos creó un boom increíble que llena el día a día con parches de felicidad en momentos de ocio donde siempre hay alcohol sin ninguna perspectiva por el futuro.

Ver a Chile ante Ecuador. Qué interés podía darme. Sólo pensar en la voz del trovador hijo de mil putas ya es agobiante. Por otro lado Argentina versus Perú. Convertido en un partido que no pasan todos los días por la esquina de tu casa. Un partido que definía una generación entera en esta época en la que la palabra “clásico” empieza a reestructurarse en virtud de esta Argentina tan desagradable. La verdad me parece raro que a un futbolero puro le interese más mirar un partido de selección sin sentido de Chile (porque pese a ganar, la verdadera final siempre iba a ser contra Brasil), que observar lo que llamamos deporte competitivo en su máxima expresión. Una final que se recordará por años si el martes se dan los resultados que deben darse.

El partido estuvo tan tenso que hasta yo me puse algo ansioso. Y esa ansiedad es porque quiero que Chile vaya al Mundial obviamente. Primero por mi viejo y todos los viejos de mis amigos y la gente que estimo porque a pesar de que no saben nada de fútbol, tienen el derecho de sentirse satisfechos y alegres por esa representatividad que ya no podemos cambiar en ellos. Y también porque este escenario con algunos amigos lo anticipamos hace meses atrás. Años incluso. Y porque la verdadera prueba para esta selección que dicen es la mejor de todas, será sumar de visita contra el kraken que representa Brasil para el barco de Chile.

Analizar más sobre lo que pasó en La Bombonera no tiene sentido, salvo por un gran detalle, y en parte es lo que resultó de concentrarme en él y no en el de mi país. Vi un Perú que soportó la presión y a un Gareca que respondió como un gran estratega a una táctica para conseguir un punto. Por el fútbol, eso me puso feliz. No por los peruanos, no por Chile. No porque la Argentina está cada vez más al horno. Mi plenitud fue porque vi un partido chivo y el martes podré por fin a mi selección encima de una cancha expectante ante una definición que realmente significa algo, porque si no hay nada de estrategia o fundamentos para conseguir el punto que nos falta, esas finales de Copa América y las otras dos en competencias de exhibición como la China Cup y la Confederaciones quedarán hechas cenizas. Perú jugó un partidazo. Me dio envidia ver a sus laterales, a sus volantes centrales, y su delantero centro. Y el empate tenía que darse para que Chile tuviera oportunidad de clasificar. Eso me hizo disfrutar ya que el martes por fin la gallada enferma entenderá de qué hablo.

*En tiempos pasados Cheloi fue columnista de Deportes Antofagasta en Titular. El ajetreo y las vueltas de la vida lo hicieron colgar la pluma, aunque estamos convencidos de que no será por mucho tiempo más.